Uruguay sobresale por sus amplias playas, el mate y los buenos vinos

Verde. Si se quisiera describir a Uruguay con un solo color, el único por el cual podría optarse sería el verde, pronunciado en español, como lo harían los habitantes del país. El verdor de la vegetación llama la atención incluso cuando aún se está sobrevolando el paisaje al norte de la capital. Y cuando luego se llega al sur del país, mucho más densamente poblado, esa impresión persiste. Quien, escuchando la palabra “verde”, piense ahora en descanso y recuperación, habrá dado en el blanco.

Uruguay es un país profundamente relajado, la famosa “desaceleración”, aquí es donde se la puede encontrar. En un área que equivale a la mitad del territorio alemán viven tan sólo 3,5 millones de personas – tantas como en Berlín. Pero hay cuatro veces más reses pastando y rumiando en sus campos.

A lo largo de la carretera desde la capital, Montevideo, a Colonia del Sacramento, se ven esos animales parados en los pastizales de la llanura. Con sus manchas de color marrón, negro y blanco, ofrecen un aspecto tan familiar, más aun cuando se observa que al fondo van girando los rotores de unos aerogeneradores, que uno recuerda casi forzosamente al norte de Alemania, a pesar de encontrarse al lado opuesto del mundo – pero no, aquí también vemos a palmeras y cactus, y el cantar de las aves recuerda más al de loros que al de mirlos. Colonia del Sacramento es un destino obligatorio para todo turista. La ciudad más antigua del Uruguay da testimonio de un país profundamente determinado por muchas generaciones de inmigrantes europeos. Después de 1680, portugueses y españoles se alternaron en el dominio de este lugar ubicado en la orilla del Río de la Plata. Los edificios de aspecto histórico, situados en la ciudad vieja, resplandecen en colores vivos y, junto con las antiguas calles empedradas, forman parte del Patrimonio Mundial de la UNESCO. Los museos, cafés, restaurantes y muchas tiendas de recuerdos presentan el marco para una excursión de un día que, sin embargo, no permite que surja el sabor desabrido del turismo de masas. 

¿Cómo llegar?

Con el avión en vuelo directo de Frankfurt a Buenos Aires, p. ej. con Lufthansa, a partir de 936 euros. Continuar desde Buenos Aires con el avión a Montevideo, precios a partir de aprox. 170 euros. Una alternativa sería tomar el transbordador de Buenos Aires a Montevideo, que costará unos 70 euros o un poco más.
Excursiones y visitas guiadas: Las visitas guiadas en idioma alemán (también en relación con el carnaval) pueden encontrarse en www.uruguay-autentico.com. Si bien de momento la página se presenta en idioma inglés, la persona que la opera habla también alemán.

 LA BEBIDA QUE SE TOMA EN BOMBILLA DE PLATA 

Una vida más agitada y apurada se percibe en la capital, Montevideo, con sus 1,3 millones de habitantes. La impresión proviene de los muchos autos y ómnibus que transitan todo el día a gran velocidad por la “Rambla”, de 22 kilómetros de longitud. Esa carretera de cuatro carriles separa la ciudad de las largas bahías del Río de la Plata con la gente que se baña en ellas. Quien se sumerja en la Ciudad Vieja, será recompensado con plazas llenas de vida, decoradas con palmeras y marcadas por puestos con artesanías. En las entradas de las casas y en los bancos, constantemente se verá a uruguayos (pronunciado: uruguashos) que parecen estar bebiendo algo de un vaso a través de una pajita plateada. Visto más de cerca, la pajita resulta ser un tubo agujereado en la parte inferior, una “bombilla”. Con este artefacto, los uruguayos suelen ingerir permanentemente y con gran placer su té de yerba mate – como si nada pudiera perturbar su calma. Hay un logro notable en el hecho de que muchos de estos consumidores del té siempre van llevando el termo bajo el brazo, incluso cuando corren: la razón de esto reside en que el agua caliente tiene que ser agregado a la yerba poco a poco. Todos los utensilios necesarios pueden comprarse en las variantes más diversas. Por ejemplo en mercados como el “Mercado Agrícola“, donde además de “alfajores” (galletas con “dulce de leche”) se ofrecen también otras golosinas. Se supone, dicho sea de paso, que en su conjunto estos dulces desviarán la atención un poco del sabor amargo del mate. Un aspecto igualmente bonito lo ofrece el “Mercado del Puerto“. Allí se percibe el delicioso aroma de los asados, es decir, de carnes y chorizos de todo tipo que se preparan en parrillas de más de un metro de largo. El asado forma parte de las tradiciones nacionales, es un rito que pocos dominan. El término de “maestro parrillero” que se usa en otras regiones dista mucho de captar el significado casi divino que se le atribuye a un “asador” en un país determinado por la influencia atea. Los aficionados al fútbol pueden visitar, en Montevideo, el Estadio Centenario (con un museo incluido), en que se llevó a cabo la final del primer campeonato mundial y donde la pequeña nación se convirtió, con su “Celeste”, en el campeón mundial del año 1930. En el fútbol nacional dominan los clubes capitalinos Nacional y Peñarol. Pero es recomendable, por razones de seguridad, que el visitante que no conozca la región y no hable el idioma, no asista solo a los partidos sino únicamente en compañía de personas familiarizadas con el lugar.

Un auto clásico, ya fuera de servicio, adorna una calle en Colonia, ciudad de la UNESCO.

Saliendo de la ciudad, el visitante llega, después de un viaje de media hora, a una bodega. En pequeñas explotaciones vitivinícolas se da el “Tannat”, un nostálgico vino tinto hecho la mayoría de las veces de uvas recogidas a mano, que en ninguna otra parte del mundo alcanza ese mismo grado de calidad. Eso es algo que no sólo los uruguayos afirman.
Si a usted le gustan las vacaciones solitarias en una cabaña junto al mar, lo mejor será que eche un vistazo a la costa atlántica. Punta del Este, bastión de turistas, marca el lugar donde el Río de la Plata desemboca en el Atlántico. Entre diciembre y febrero suelen pasar sus vacaciones de verano allí no sólo los ricos de todo el continente americano, sino también muchos brasileños y argentinos de clase media. Una de las razones que explican la popularidad del Uruguay entre los turistas reside en los índices de delincuencia, bajos en comparación con el entorno latinoamericano. Para conocer el carnaval de Montevideo, que con sus coloridos disfraces, sus actuaciones de baile, música y tambores, poco tiene que ver con las celebraciones análogas en Alemania, los vacacionistas también deberán trasladarse al país en la temporada alta de enero y febrero. Fuera de esa época, sólo les queda visitar el Museo del Carnaval en la capital. También los meses de marzo y noviembre son buenas épocas para viajar al Uruguay, el clima es comparable al de Europa meridional, los días de lluvia se reparten en forma relativamente pareja a lo largo del año.

Las letras en la playa del barrio de Pocitos constituyen uno de los motivos más fotografiados por los turistas.

Solo pocos europeos emprenderán un vuelo de más de doce horas de duración a Sudamérica únicamente para visitar a Uruguay. Y quien ya se encuentre en la región, de por sí no debe perderse una visita a la capital argentina, Buenos Aires, situada en la orilla opuesta del Río de la Plata. La metrópoli con sus millones de habitantes, calles rodeadas por altos edificios, obras en construcción y el ruido del tráfico no es necesariamente una belleza a primera vista, pero vibra. Llena de vida las 24 horas del día, con sus extremos de pobreza y riqueza que chocan en un espacio muy reducido, la ciudad de Buenos Aires atiende un anhelo de aires cosmopolitas que el pequeño Uruguay no puede – y probablemente no quiera – ofrecer.
Quien deje atrás a Buenos Aires en uno de los barcos y llegue al Uruguay, podrá respirar hondo. Una mirada a las vacas masticando y los amplios espacios verdes ayuda a bajar muy rápidamente el pulso acelerado. Incluso Montevideo, ciudad de más de un millón de habitantes, de pronto parece tranquila y más fácil de abarcar. Uruguay es como una píldora que induce el relajamiento en las personas y que surte pleno efecto precisamente por su contraste con Buenos Aires – lo cual, para un vacacionista, no es, precisamente, la peor de las cualidades en un país.

Autor: Christopher Schäfer

Publicación original aquí.